¿Por qué? No sé. Si de mí dependiera, no trabajaría jamás, y no es que haya trabajado demasiado. Hubo un conjunto de circunstancias que cambiaron mi vida de una forma inimaginable, y supongo que esas circunstancias terminaron modelándome. Ya no podría mirar la vida con ese deseo ferviente de producir que alguna vez, hace muchos años, tuve.
Ahora solo deseo vivir.
Estoy en Barcelona. La detesté, aunque soy capaz de entender que el contexto en el que me encuentro ha contribuido a que vea esta ciudad en tonos grises.
Qué digo… Si de la ciudad no conozco nada; solo un conjunto de lugares que busqué para evitar la mayor cantidad posible de interacción social. Nunca me funciona. Siempre tengo que relacionarme de alguna forma. Normal, ¿no?
Para mí, no es normal.
Las relaciones sociales siempre me han resultado complejas. Lo son, objetivamente, pero en mí siempre se sintieron muy difíciles de sostener. Tendrá que ver con mi pasado, quizá.
Ahora mismo estoy en un lugar que se llama Sant Martí. Llegué acá por circunstancias extrañas, después de tomar una pésima decisión. Eso sí es normal en mí.
No gestiono con facilidad el estrés.
A mi favor, puedo decir que la época del año en la que vine tampoco contribuyó demasiado. El calor de Barcelona es invivible. No solo a nivel físico; me refiero también a nivel psicológico. Principalmente psicológico. Siento que no puedo pensar con claridad y que solo estoy contando los días para volver a mi piso en Viveiro. Sí, Viveiro, Lugo, Galicia.
Tampoco me gusta demasiado.
Pero, aunque llevo pocos meses en España, sí logró convertirse en mi hogar. Un poco.
Un poquito…
Entré a España en febrero de este año. Nunca había estado aquí. Nací en un país donde hace frío la mayor parte del tiempo. Cuando pienso en mi niñez, ni siquiera recuerdo el verano como concepto. Pasé ahí un tercio de mi vida. No fueron tantos años, aunque estuve lo suficiente para recordar el clima y parte de la cultura. Luego conocí a mi madre, a mi padre y a mi hermano, y ellos estaban localizados en un punto completamente diferente del planeta. Ese es el lugar donde está mi verdadero hogar: donde están mi madre, mi padre, mis hermanos y mis animales.
No podría haber soñado un lugar mejor. Lo digo con la certeza absoluta de un adulto que ahora logra mirar el pasado y entender cómo una simple decisión podría haberlo cambiado todo, privándome de cosas tan hermosas.
Sabes… Repaso muchas veces eso en mi mente, probablemente demasiadas. Siempre termina pareciéndome irreal el hecho objetivo de haber sido escogido.
Yo fui escogido. Yo de verdad fui escogido. Aunque la razón no es meritoria. La razón fue… Ni siquiera lo sé. He pensado que fue la vida misma, la energía, la química. Lo he pensado todo. Nunca lo comprendo. Pero lo acepto así, como algo incomprensible.
Lo cierto es que éramos muchos, y mi madre me vio solo a mí. Solo a mí. Ella nunca desvió la mirada. Hasta el día de hoy, muchos años después, mantiene sobre mí la misma mirada.
Tengo una fascinación con haber sido elegido.
Eso se volvió parte de todo lo que soy, para bien y para mal. El deseo de ser visto se multiplicó en mí. Se volvió adictivo. Sostiene mi personalidad entera. Si está bien o mal, si es normal o no, no importa. Simplemente, en mí, es.
El problema principal es que no es general, no es con todo el mundo. Es el deseo de ser visto específicamente por una persona, lo cual, en términos simples, fusiona el concepto de adicción con el de obsesión.
Me volví adicto al amor inconmensurable. A las muestras de cariño irracionales. A la lealtad y la protección absolutas.
Mamá, mis palabras son para ti.
Sí, son para ella. Me hace feliz pensar que no queda nada en mi cabeza sin ser descubierto y analizado en detalle por ella.
No saques conclusiones antes de tiempo. La vida es extremadamente compleja; mucho más, las interacciones que nacen del corazón y, probablemente, de las heridas. Además, falta muchísimo para que puedas pensar que me conoces.
Yo soy… Yo estudié…
…
No sé cómo explicarlo. Debo ser lo suficientemente anónimo, pero también lo suficientemente transparente, sin volverme demasiado identificable.
Me formé en la marina. Mi especialidad es mixta, pero soy, en pocas palabras, lo que se conoce como un hombre de mar. Mi grado no es del todo importante. Además, estoy en una especie de baja autorizada. Por eso hoy estoy aquí, en España. De otra forma, ahora mismo probablemente estaría en ultramar.
Estoy solo. Y estoy muy mal.
Mal, no muy mal. Solo mal.
Estoy solo. Y la soledad no me gusta. Nunca me gustó. El problema es que tampoco me gusta estar acompañado de cualquier persona. Ni siquiera en las interacciones cotidianas.
Y sí, se puede estar en la marina, ser parte de la defensa de un país y ser, a la vez, un ser humano vulnerable. Se puede, y se da mucho más de lo que la gente creería.
No quiero hablar en términos generales de nada. Solo quiero hablar de mí. Siempre fui bueno para los deportes, aunque no me considero para nada un deportista. Me encantaría encontrar esa satisfacción por trotar, por correr, pero la verdad es que prefiero caminar con mis audífonos y eso sería todo. Ni pensar en ir a un gimnasio. No tengo una personalidad sociable. No soporto los espacios en los que hay demasiada gente.
No siempre fui así. Cada vez me volví más introvertido, entré más en mi mente, dejé de salir. Ahora solo me siento cómodo cuando se dan una serie de circunstancias: cuando estoy solo, cuando el sol no calienta, cuando no hay demasiados estímulos.
No es algo cómodo, pero de todas formas lo prefiero a mi versión anterior. Todo me llevó hasta acá y tendré que aprender a vivir con ello.
No con la soledad. Con ella no transaré. Solo estoy tomándome un tiempo para organizar mi cabeza. Para decidir, para actuar, para sufrir un poco. Finalmente, quizá no decida nada. Después de todo, a veces solo soy una masa de células y otras veces me siento humano.
Cuando decidí escribir, mi motivación no fue inventar un personaje ni crear a alguien, mucho menos seducir. Buscaba dos cosas muy específicas. La primera: que mi madre pudiera leer mi mente sin necesidad de hablar, como siempre ha sido, pero esta vez en tiempo real, sin disrupciones, sin mi voz replicando, explicando, justificando.
Necesito respirar un poco. Me quedé pensando en esa necesidad de transparencia, en dónde se origina. Voy a tomarme unos minutos.
Volví. Estoy más claro ahora. Me tomé unos segundos. Terminé de escribir la línea punteada y sonó una nueva canción. Me motivé. Soy como una veleta y eso no me gusta demasiado. Pero así soy yo. Me muevo al ritmo de la música que tengo en Spotify. Un hombre inestable.
Sí, soy inestable.
Pero bueno, la segunda motivación era mitigar la soledad. Una cosa llevó a la otra porque ¿cómo podría salir de la soledad si la exposición social no me sienta bien?
Eso me llevó a pensar en esta estructura. Quizá podría exponerme de forma anónima y esperar a que alguien leyera mis palabras y, simplemente, respondiera. No sé qué espero. Supongo que conectar con pares intelectuales. Sí, supongo que parto de esa base: de que escribirá alguien capaz de leer mi historia y guardarla en un lugar seguro. Alguien que encuentre alguna emoción entre leerme y escribirme.
No espero recibir ofensas. No soy demasiado fuerte. No quiero ser ofendido. No quiero que nadie me dañe.
Ahora que más o menos logré explicarlo, creo que podemos volver a Barcelona. Después de todo, estaré aquí hasta fines de agosto. Sueño despierto todos los días con estar camino a Viveiro, pero mi piso está alquilado hasta esa fecha.
No quiero explicar demasiado por qué está alquilado. Aunque lo que sí puedo decir es que está alquilado porque tomé una mala decisión. Ya te he dicho que tomo malas decisiones cuando estoy estresado.
Y, si te preguntas cómo puede ser compatible sostener el estrés en mi profesión si bajo presión tomo malas decisiones, puedo decir que no es lo mismo. En mi trabajo no me siento vulnerable. Nunca me sentí inseguro; no era realmente un desafío complicado para mí. Por alguna razón, no me quiebra la presión de mi entorno laboral. Me quiebra la presión de mi propio corazón.
Me quiebra la presión que ejerce la mirada de mi padre cuando entiende. La presión de los ojos de mis hermanos cuando entienden. La presión de mi propia mirada cuando se sincera, cuando entiende.
La única presión que no me quiebra es la de los ojos cafés de mi madre.
No quiero seguir con esa línea ahora mismo.
Volvamos a Barcelona. Mejor no: vayamos a Viveiro. ¿Quieres saber por qué llegué a Viveiro? Te sorprenderá, igual que le sorprendió al oficial de inmigración en el aeropuerto.
Cuando pisé suelo español, llegué a Barcelona. Aún no quiero decirte desde dónde venía, pero tomé un vuelo con destino a esta ciudad y luego debía conectar con otro hacia La Coruña. Nunca había estado en España. Eso ya lo sabes.
Al oficial de inmigración le pareció extraño que quisiera ir directamente a Galicia.
—¿A qué vas?
—A conocer.
—¿Por qué Galicia?
—Por el clima.
No me creyó. Siguió preguntando, cada vez de peor forma, hasta que quiso saber cuánto dinero llevaba. Se lo dije y finalmente me gritó que pasara.
Lo he resumido muchísimo. Fueron varios minutos y terminé profundamente ofendido. Entiendo que las preguntas podían formar parte del procedimiento; sus formas, no. Me formé con oficiales duros y sé soportar la incomodidad, pero aquello no era firmeza. Era simple hostilidad.
En ese preciso momento se desvaneció todo mi interés por conocer España.
Tenía pocos minutos para tomar el siguiente vuelo. Atravesé el aeropuerto rabiando y llamé a mis padres. Quería escuchar a mi padre insultar al oficial, decirme que yo tenía razón y abrazarme desde la distancia. Por supuesto, lo hizo.
Ya puedes ir notando la relación que tengo con su validación.
He viajado por muchos lugares del mundo y nunca me habían tratado así en un aeropuerto. Tomo las irrupciones de mi paz de una forma extremadamente personal. Sigo trabajando en ello, pero todavía no he conseguido solucionarlo.
El desagrado me acompañó durante todo el vuelo, aunque duró poco. Se disipó cuando vi el verde de Galicia desde el cielo. Para cuando comenzaron las maniobras de aterrizaje, ya había olvidado al oficial.
Al bajar del avión, el aeropuerto de La Coruña me pareció completamente opuesto al caos de Barcelona.
Me encantó.
Pero, como sabes, el tiempo ya pasó desde mi llegada. Eso ocurrió en febrero de este año; ahora estamos en agosto y yo estoy en Barcelona. Solo, anhelando volver a Viveiro. Desde allí te escribiré cuando vuelva a instalarme en la comodidad de mi piso.
Por el momento, estoy escribiendo, estudiando un poco, mirando algunos documentales, intentando preparar comida casera con ingredientes que no se parecen en nada a los de casa. Compro en un lugar que se llama PrimaPrix, en otro que se llama BonÀrea, y compro cigarrillos en el estanco que queda entre esas dos tiendas. No he hecho mucho más en las calles de Barcelona. Lo realmente satisfactorio ocurre en este piso, cuando estoy recostado en la cama.
Ese es el único momento en el que soy feliz. En el que me siento pleno. En el que mi mente trabaja al cien por ciento y se alinea con mi corazón para regalarme una paz sin igual.
Tengo una cercanía y una afinidad con la tecnología que han hecho que mis rituales de depuración sean de otro nivel.
Ahora que lo leo, eso sonó rebuscado. Me refiero al placer que puedo provocarme y a la forma en que he creado entornos hiperrealistas para satisfacerme.
Sigue sonando rebuscado, pero ya no quiero afinarlo más.
Aquí pasa algo muy típico de las grandes metrópolis, pero no sé por qué precisamente en Barcelona me afectó tanto. Es el efecto que me causa la sobreabundancia de belleza. Dondequiera que miras encuentras personas atractivas, interesantes, agotadoras. Estoy saturado visualmente. No he conseguido sentir ningún tipo de conexión con nadie. Supongo que también tiene que ver con el apego y el enamoramiento. Sigo buscando su silueta en todas partes, pero nunca la encuentro. Y, cuando la encuentro, nunca la dejo pasar.
Es una mezcla de mi adoración por su piel, por la forma de sus cejas, por sus gestos. Es su aroma, cómo se fusiona con el entorno, con los perfumes, con el momento del día. Son sus movimientos, sus muestras de amor despreocupadas, incondicionales. Son todos sus atributos, sus características como ser humano. Me siento fascinado cuando encuentro visos de esas características en otras personas. Me apego rápidamente porque la busco incansablemente en cualquier ser.
Nunca llegué a ningún buen puerto solo esperando. Con el paso de los años orienté mi búsqueda y comencé a ser bastante honesto desde el primer momento. Demasiado, probablemente. La mayoría de mis parejas lo encontraba entre perturbador y excitante. Y casi siempre gana la excitación. Casi siempre decidían conocerme más allá, entendiendo mis gustos desde el comienzo.
A veces tuve fracasos y otras veces tuve grandes fracasos. Nunca me funcionó ninguna relación que partiera de exponer mis deseos tal cual eran. No por mis parejas románticas o sexuales. Fue, simplemente, porque ellas no eran ella y porque soy un hombre que discierne con total claridad lo correcto de lo incorrecto.
Hay algo sumamente dañino para el alma en proceder sabiendo que el otro acepta un trato desde la ilusión, frente a mis propuestas puramente transaccionales, aun cuando fueran permitidas y hubiesen sido hechas de mutuo acuerdo.
No nací para aprovecharme de las vulnerabilidades de las personas. El peso de mi conciencia es absoluto y mis gustos siempre terminaron anticipando las heridas que dejaría, la asimetría de las expectativas.
Por supuesto, creo ser un hombre correcto, pero no soy un hombre célibe, así que eventualmente tuve que cambiar de estrategia.
Tienes que considerar que esto comenzó muchos años atrás. No es algo que me sucediera de adulto; es algo que comencé a identificar en mi adolescencia, aunque es cierto que al principio de mi adultez ya estaba más que definido. A esto debes sumarle que nunca tuve un amigo en quien confiara ciegamente, con quien pudiera sentirme cómodo hablando de temas íntimos y profundos. Eran temas complejos en aquel entonces y hoy siguen siendo iguales, o peores.
Pero ella sabía. Yo creo que sabía. Claro que sabía.
Sigo teniendo frases en la mente que resuenan en bucle. A veces le pido que me las diga. Ella apenas sonríe, con una sonrisa esquiva, y me las repite.
Como no sabía cómo expresarme, recurrí a mi padre. Yo era un niño muy callado, un adolescente muy callado. Nunca fui tímido, pero era callado. No recuerdo haber hablado mucho en ninguna etapa de mi vida, aunque creo que mis silencios nunca fueron percibidos como desconfianza. Ahora mismo, creo que mis pares me ven como un hombre confiable, y me gusta que me consideren así. Hay algo honorable en ser confiable, y es algo que me gusta de mí: que los hechos me respalden. Me gusta que mis actos hablen más que mis palabras. A mi padre también le gusta eso. Obviamente, se lo copié a él.
Siempre tuve una obsesión con mi padre. La sigo teniendo. Hasta cierto punto, siempre quise ser él. Quería ser su copia, su copia idéntica. Lo imitaba en su totalidad. Desde mi rol, claro.
Me gustaban sus ojos, su seriedad. Su sonrisa. Me gustaba la forma en que pensaba, pues es de esas personas que sabes que tienen una mente brillante, con quienes no quieres discutir jamás. Me gustaban las cosas que él obtenía. Me gustaba cómo lo trataba mi madre, por supuesto. Me gustaba lo que conseguía con sus actos, con sus palabras.
Cuando llegué a mi casa tenía trece años. No era un niño pequeño físicamente; siempre fui alto. Soy un hombre grande, mido 1,98 m. Pero sí era un niño en mi mente. Lo puedo decir porque todos mis amigos, incluso niños mucho más jóvenes, podían desenvolverse de formas muy diferentes a las mías. Si miro hacia atrás, probablemente, en algunas cosas, mis trece años se parecían a los nueve años de otros niños. Iba bastante atrás en muchos sentidos.
Yo no hablaba nada de español. Nada. Mi padre hablaba mi idioma; mi madre también, pero mucho menos que mi padre. Supongo que eso contribuyó a que me obsesionara con las formas, con los microgestos, antes que con las palabras.
Aprendí a leerlos. Él hacía esto y conseguía esto. Parecía muy simple. El único problema era que él era mi papá, no mi compañero del colegio. Imitarlo, inevitablemente, no me daba las mismas recompensas que él recibía, y desde muy joven eso fue creando una herida en mí. Si esa herida tenía sentido o no, puedo cuestionarlo ahora, pero en ese entonces yo simplemente quería imitarlo, esperando obtener exactamente lo que él obtenía, y me frustraba muchísimo no conseguirlo. Claro: él era el padre, el marido. Yo era el hijo.
¿Me sigues? Hasta el día de hoy me abalanzo sobre él y me quedo quieto, mirándolo. Tengo una fascinación sorprendente por sus párpados, por sus ojos. Mi padre tiene las cejas oscuras, pero las pestañas claras. Tiene los ojos de un verde oscuro. Aplastarlo cuando está sentado o acostado y quedarme a diez centímetros de él, mirándolo fijamente, siempre me ha regulado.
Es una mirada muy seria. Él es un hombre muy serio. De un origen serio. No solo de personalidad: viene de una cultura seria. No imagines a un hombre con ojos de venado. No tiene ese tipo de ojos. Son duros y no cambian cuando lo aplasto.
Hasta cierto punto, creo que nos leemos la mente. Cuando estamos así pueden pasar minutos. Él no dice nada. Yo no digo nada. Es una guerra de miradas, un análisis meticuloso en el cual él me dice que me ama sin palabras y yo le digo que lo amo sin palabras.
Pero no comenzó así. Comenzó con la ira. Comenzó con mi rabia. Quizá en ese entonces ya estaba cerca de los dieciséis. No lo sé realmente. Me acercaba a él cuando no sabía qué decir, pero quería manifestar mi rabia. Por eso supo. Porque había una relación entre lo que él decía o hacía y mi rabia.
Yo lo desafiaba de una forma absurda. Pero siempre ganaba él. Sin decir nada. Hasta el día de hoy me genera rabia. Me genera algo así como una sensación de electricidad que me recorre el cuerpo.
Y no es que no lo ame. Daría mi vida por mi padre, y no es una frase cliché. Realmente la daría. Pero él siempre conseguía el premio máximo, y yo no.
Con los años, él entendió todo.